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Genciencia es un weblog colectivo dedicado a la divulgación científica, la ecología y el cambio climático

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  • Células de combustible alimentadas por vacas

    ¿Os acordáis de la función de los seres humanos en la película Matrix? Sí, éramos algo así como baterías para los robots. Algo parecido se está consiguiendo con las vacas, que se han convertido en células de combustible gracias al investigador Hamid Rismani-Yazdi y sus colegas.

    Concretamente, dos de estas células generarían una electricidad suficiente para recargar una pila tipo AA. O una energía es suficiente para alimentar una diminuta bombilla de árbol de Navidad.

    La fuente de energía para estas células de combustible proviene de la descomposición de la celulosa por bacterias presentes en el fluido, rico en microorganismos, existente en la mayor de las cámaras del estómago de las vacas. Para producir la energía, los investigadores llenan un compartimiento de una célula de combustible microbiana con la celulosa y ese fluido estomacal. Y entonces se produce la energía cuando las bacterias descomponen la celulosa.

    La celulosa, por cierto, es uno de los recursos más abundantes en nuestro planeta.

    En los experimentos, se agregaba la celulosa a las células de combustible cada dos días, para alimentar a las bacterias. La producción energética de estas células es sostenible por tiempo indefinido. A modo de ejemplo, los investigadores hicieron funcionar estas células durante tres meses seguidos.

    Así pues, las vacas, además de darnos leche (y ser un grave problema para la contaminación del planeta), podrían ser futuras fuentes de energía.

    Vía | La Flecha





  • La postergación del deseo? para conseguir una galleta más grande

    Una de las cosas que más recuerdo de mis clases de Ética en el instituto son las clases dedicadas a los placeres en movimiento y los placeres estáticos.

    Los placeres en movimiento son aquellos que resultan fáciles de obtener, pero pasan rápido, desaparecen, se esfuman como el mordisco a un bollo de crema. Los placeres estáticos son aquellos que cuestan más de obtener pero, por el contrario, perduran mucho tiempo o toda la vida: una buena amistad, determinados conocimientos, una buena forma física, etc.

    El psicólogo Walter Mischel realizó una serie de experimentos en los que sometía a niños de 4 años a estos dilemas.

    El experimento consistía en poner dos galletas delante del niño, una pequeña y una grande. Coger la galleta pequeña es tan fácil como alargar la mano y tomarla. Pero si quiere la galleta grande, entonces el niño debe esperar a que el experimentador regrese a la sala, algo que puede demorarse hasta veinte minutos.

    Los resultados evidencian que hasta los niños más pequeños poseen rasgos de disciplina y autocontrol, de búsqueda de placeres mayores sobre los menores aunque ello suponga un esfuerzo y una postergación del deseo inmediato. Aquellos niños que no consiguen mostrar estos signos naturales probablemente lo pasarán peor de mayores: son los que tendrán más propensión volverse adictos a las drogas, por ejemplo, o los que vivirán a salto de mata.

    Malcolm Gladwell narra así lo que muestran los videos de los experimentos de Mischel:

    Mischel tiene las cintas de vídeo de personas de seis años sentadas solas en el cuarto, mirando las galletas fijamente, intentando convencerse de que lo mejor es esperar. Una niña comienza a canturrear una cancioncilla que parece improvisada para recordar las instrucciones: que para conseguir la galleta grande no hay más que esperar. Cierra los ojos. Les da la espalda a las galletas. Otro pequeño balancea sus piernas violentamente hacia delante y hacia atrás; luego coge la campana y la examina, intentando hacer cualquier cosa menos pensar en la galleta que podría agenciarse tocándola.

    Cualquiera de nosotros puede reconocerse en estos vídeos, por ejemplo una noche de hambre infinita, en la que estamos sometidos a una dieta hipocalórica, y acechamos la nevera como un felino famélico.

    En el siguiente vídeo podéis ver un experimento parecido. Pero esta vez con marshmallows en vez de galletas:

    Vía | Lo que vio el perro de Malcolm Gladwell





  • ¿Existe la mala suerte?

    El gafe, el mal fario, los malasombra, el lagarto, lagarto? lejos de que todo ello puede producir efectos inconscientes en la gente (si uno cree que hará algo mal tendrá más posibilidades de hacerlo mal, por ejemplo), ¿existe de algún modo?

    ¿La mala suerte se puede medir? ¿Puede influir en nuestra suerte que se nos cruce un gato negro o que pasemos por debajo de una escalera?

    Algunos investigadores se han dedicado a comprobarlo, como Mark Levin, un estudiante universitario norteamericano y miembro de la Asociación de Escépticos de Nueva York. Levin reunió a un grupo de personas que debían comprobar su suerte con un simple juego de cara o cruz en un ordenador.

    Pero Levin también hizo que a algunas de estas personas se les cruzara un gato negro. Al final, los resultados sugirieron que ver al gato negro no había tenido ningún efecto en la suerte de los participantes. Al menos en el juego de cara o cruz.

    ¿Entonces por qué percibimos que hay personas que parecen más afortunadas que otras? La respuesta tiene que ver con las oportunidades. Hay personas que no sólo tienen más oportunidades a su alrededor que otras, sino que saben sacarles más partido para prosperar. Siguiendo esta filosofía, el doctor Richard Wiseman, de la Universidad de Hertfordshire, fundó la Escuela de la Fortuna.

    Lo que se enseña en sus clases es que nadie nace con gafe, y que los talismanes poco pueden hacer por nosotros, sino nuestra actitud frente a los avatares diarios. Afirma Wiseman:

    Percibir que la suerte depende de nuestra razón junto con una dosis de ciencia y sano escepticismo puede ser muy positivo en nuestras vidas (...) Las personas supersticiosas que creen firmemente que son poco afortunadas realmente se sentirán más tensas ciertos días. Con total seguridad se sentirán estresadas, conducirán peor, posiblemente estarán más distraídas y serán más propensas a tener un accidente.

    Con todo, la mayoría de gente todavía se deja llevar por las supersticiones. Por ejemplo, las convicciones de algunos pacientes en Japón sobre el día más o menos afortunado en el que tendrían que abandonar el hospital han aumentado enormemente los gastos del sistema nacional público japonés, como demuestra un estudio del doctor Kenji Hira, del Departamento de Medicina General y Epidemiología Clínica de la Universidad de Kioto.

    Pero ya a finales del siglo XIX, William Fowler, un veterano de la guerra civil norteamericana puso en evidencia que el temor a determinadas fechas es injustificado. Fowler fundó el Club Trece en Nueva York como forma de burla al destino.

    Allí se celebraban cenas para 13 personas el día 13 de cada mes. Y durante la cena, como si esto no fuera necesario, los comensales invocaban a la mala suerte atreviéndose con todos los rituales más funestos: tirar sal en la mesa, abrir el paraguas dentro de casa, etc.

    El éxito del club fue indiscutible, y no sólo en cuanto a público. En 40 años, pertenecieron al club miles de personas (entre ellos, 5 presidentes de EEUU), y ninguno de ellos percibió que su vida naufragara en la mala suerte. Es más, ironías el destino, la tasa de mortalidad de sus integrantes estaba ligeramente por encima de la población general.

    Los integrantes del club de la mala suerte no tenían mala suerte porque se conducían por la razón y no le daban mayor trascendencia a lo que hacían. Porque si algún poder puede ejercer en nosotros un mal de ojo o un talismán, sólo será el que refleje nuestra debilidad o nuestra confianza irracional en dicho fenómeno, como refleja este fragmento de la novela Jitanjáfora: desencanto (de próxima publicación):

    Antes de salir del aeropuerto, no obstante, la Voz obligó a Chad a pasar por una de las tiendas del Duty Free. Era una de esas tiendas donde se vendían recuerdos y baratijas vikingas, y también toda clase de talismanes, guayacas, fetiches de la fortuna y libros de autoconocimiento personal.
    Conrado sabía que todos aquellos objetos forjados para canalizar una presunta buenaventura en realidad eran inútiles: la prueba irrefutable de ello es que semejantes tiendas, de ser genuina la mercancía que exhibían, deberían ser vórtices tan poderosos de la suerte y la fortuna que sus dependientes no tendrían que trabajar en ella para pagarse el sustento: el dinero les caería literalmente del cielo. Pero Conrado también sabía que la suerte no funciona de esa forma. El vendedor de tales tiendas no es la persona más afortunada del mundo porque en realidad era consciente de que vendía baratijas. La cuestión es que el comprador adquiera estas baratijas con la disposición adecuada: confiando en que eran objetos únicos y especiales, alejando de sí todo razonamiento y dejándose llevar sólo por la parte más emocional de su cerebro. Como la pluma de Dumbo.

    Vía | Rarología de Richard Wiseman / Jitanjáfora de Sergio Parra





  • Buscando acero alemán de la Primera Guerra Mundial para alcanzar las estrellas (y III)

    Os explicaba que el acero que se encuentra en las profundidades de Scapa Flow no tiene restos radiactivos porque fue forjado antes de 1945. Esto es debido a que en la fabricación del acero se emplea una enorme cantidad de aire que transfiere su radiactividad al acero.

    Si bien no hay ventajas en la utilización de este tipo de acero en usos ordinarios, ya que es mucho más barato fabricar acero nuevo, resulta imprescindible para fabricar monitores de radiación extremadamente sensibles como los empleados en naves espaciales.

    ¿Por ejemplo? El equipo que la misión Apolo, que ahora permanece en la Luna (sí, supongo que el Kaiser nunca sospechó su flota permanecería en nuestro satélite natural).

    O partes de la sonda Galileo que llegó a Júpiter.

    O la sonda Pioneer que ya ha superado la órbita de Plutón.

    Así pues, la recuperación de este acero alemán sería algo así como la búsqueda de perlas o diamantes. Sin embargo, esos fragmentos no servirán para adornar cuellos ni anillos de compromiso sino para alcanzar las estrellas.

    Dan Van Der Vat ha contado esta historia en The Grand Scuttle: The Sinking of the German Fleet at Scapa Flow in 1919.

    Vía | Aparejo de fortuna





  • Buscando acero alemán de la Primera Guerra Mundial para alcanzar las estrellas (II)

    En la actualidad, Scapa Flow es un cementerio sumergido. Una ciudad de acero en la que podría saliros al paso Neptuno o la sirenita del cuento de Hans Christian Andersen. Un mundo submarino en ruinas que está siendo devorado por la naturaleza mientras se convierte en un gran coral artificial.

    Muchas empresas ofrecen inmersiones en Scapa Flow para contemplar estos gigantes de hierro hundidos, lo cual ha convertido el lugar en uno de los más preciados por los buceadores. Un total de 25.000 toneladas de acorazados de la flota alemana esperan allí abajo para que sean redescubiertos por turistas aventureros. Pecios llenos de óxido y algas, lo cual les confiere una apariencia como de ciudad abandonada.

    Un día típico en Scapa Flow empieza zarpando del muelle a eso de las 8 de la mañana mientras uno ingiere un opíparo desayuno inglés compuesto de cereales, tostadas, té y demás para afrontar la jornada con energía. El agua está a unos 8 o 10 grados centígrados.

    Junto al traje de buceo y el equipo de supervivencia no puede faltar una boya de señalización, que podéis usar para ser recogidos por la embarcación al finalizar la inmersión. Bucear entre los pecios puede resultar peligroso, y ya se han producido algunas muertes, pero internarse por las entrañas de esas gigantescas estructuras de hierro, como el Wilhem, el Brummer, el Kronprinz o el Koenig, iluminando con vuestro foco de luz a los lábridos, galanos, congrios, langostas y pulpos que allí habitan, es una sensación indescriptible.

    El agua no está sucia, pero la falta de luz solar no os permitirá tener una panorámica general de las estructuras y el armamento pesado de estos colosos inertes, lo cual también os hará sentir como diminutos seres entrando y saliendo de ballenas de metal.

    Algunas de las empresas incluso os permitirán alquilar divertidos trajes de buceo que imitan los trajes de Superman, Spiderman y otros personajes, lo cual debe de dar una imagen un tanto extravagante: superhéroes patosos buceando y echando fotos entre chatarra alemana hundida durante la Primera Guerra Mundial. Y es que el turista de pro no conoce límites a su sentido del ridículo.

    Sin embargo, todo ese metal es más importante de lo que parece. No es sólo constituye un lugar de buceo mágico sino que es una fuente indispensable para construir determinados elementos de vehículos espaciales.

    ¿Por qué ese acero es tan importante? Porque fue forjado antes de que la humanidad hiciera explotar sus primeras bombas atómicas. Ese acero, pues, no contiene las pequeñas trazas de contaminación radiactiva que contiene el resto del acero forjado después de que explotaran las bombas de Hiroshima y Nagasaki.






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