Pero, en fin, todos tenemos debilidades. Al igual que es natural que nos dejemos llevar por la fe irracional, también es natural que nos enojemos o nos sintamos profundamente frustrados al encontrarnos frente a una persona que no piensa lúcidamente, repitiendo los mismos lugares comunes de todos los que se dejan guiar por las pseudociencias. Y además resulta de todo punto desesperanzador tratar de convencer de que no piensa lúcidamente a alguien que no piensa lúcidamente.
Así que acabamos tratándole como una criatura inferior, disminuida psíquica e intelectualmente. Y aquí acaba la diplomacia para transformarse en agresión: tal vez sea una persona inferior intelectualmente, pero ¿qué queremos conseguir exactamente menospreciando sus creencias? ¿Aumentar nuestro ego? ¿Disminuir el suyo? ¿Ganar una discusión? ¿Desahogarnos?
Lo sé porque yo también lo hago, incluso recuerdo algún que otro artículo en Genciencia en que se me ha calentado la tecla. Pido disculpas por él. Pero al igual que la fe irracional nace del miedo y del escaso adiestramiento en los procelosos caminos del escepticismo, el rechazo que manifesté entonces hacia la fe irracional nació en mí por la frustración y el rechazo hacia una serie de prácticas que prosperan en el mundo y que funcionan como estafas (en el mejor de los casos) o como fuentes de sufrimiento o lastres del progreso (en el peor).
Pero convencer a alguien de que está equivocado poco tiene que ver con ganar una discusión.
Si los blogs de escepticismo no dejan de menospreciar a la gente que profesa alguna clase de fe milenaria, entonces el blog sólo se congraciará con otros escépticos, y acaso provocará que muchos afirmen ser escépticos de boquilla, ocultando sus pequeños deslices para evitar la sorna (aunque internamente su escepticismo sea tan o más inmaduro que el de un magufo).
Ser escéptico, pues, no es fácil. Es más, a riesgo de equivocarme, calculo que una gran cantidad de personas que se definen como tal, en realidad no lo son. O al menos lo son de una forma muy simple que atiende más a la moda agresiva y condescendiente de: tú sólo crees tonterías y yo estoy moral e intelectualmente por encima de ti. O la Iglesia es la fuente de todos los males (independientemente de que lo sea). O eso suena vagamente a magufo, Vade Retro. O no creer en nada refleja que soy más culto.
Ser escéptico es como estudiar matemáticas. Muchos saben sumar y restar. De hecho, la mayoría saben hacer eso. Pero muy pocos saben resolver ecuaciones complejas. Y ser escéptico de verdad consiste en eso, en resolver ecuaciones complejísimas, en estudiar epistemología a fondo, en conocer con exactitud qué es Verdad con mayúsculas y verdad con minúsculas, en empaparse de Popper (valga el juego de palabras), en entender el método científico, en conocer cuáles son las exigencias para publicar un artículo científico en una revista especializada y cómo funciona la red de referencias, etc. (Si queréis profundizar un poco en ello, quizá os interesen mis artículos de El undécimo mandamiento (I) y (y II), La inmoralidad de profesar una fe (I) y (y II) o Esos sobrados intelectuales de humanidades y sus imposturas intelectuales).
Los aviones vuelan y apenas se estrellas, las vacunas funcionan, hemos visitado otros planetas y podéis conectaros a Internet. Todo ello es posible porque hubo personas que fueron escépticas y entendieron el conocimiento y la verdad como un proceso acumulativo que fácilmente podía contagiarse de las pasiones humanas más primitivas.
Hasta que no se incluya esta materia como asignatura obligatoria en todos los colegios, muchos serán escépticos de boquilla, enarbolando su posición intelectual como el que ondea la bandera de un equipo de fútbol. Y así no convencerán a nadie. Y menos a ellos mismos de su superficialidad ideológica. (Eso no quiere decir, claro está, que no deban existir plataformas donde se ridiculice o se ironice sobre las creencias de la gente, pues es sano y positivo reírse de todo, incluso de uno mismo; pero no serán ellas las que produzcan un cambio sustancial en el combate contra el pernicioso fenómeno de las pseudociencias).
Tal vez exprese mejor que yo el camino debemos seguir los divulgadores del escepticismo y el pensamiento crítico Phil Plait en la siguiente conferencia que podéis ver subtitulada. De ella quiero recalcaros una frase: No necesitamos guerreros, necesitamos diplomáticos.
Tal vez así el mundo será un poco mejor para todos.
La fe racional consiste en calificar como altamente probable la información que uno recibe. Por ejemplo, tengo una fe racional en que, al encender mi televisión, ésta no explotará, matándome en el acto.
Lo creo, tengo fe en ello, porque puedo leer cómo funciona exactamente un televisor, porque apenas hay casos sobre explosiones de electrodomésticos, y porque puedo acudir a fuentes abrumadoras de datos reportadas por científicos de talla. Por científicos de talla me refiero a los que recolectan y analizan datos, construyen modelos teóricos, interpretan los resultados y publican artículos para revistas profesionales; artículos revisados por otros expertos que, con frecuencia, incluyen a sus rivales.
Es decir, que no me refiero a muchos periodistas, invitados a tertulias mediáticas y polemizadotes de paneles de expertos que también se dedican a pronunciarse sobre todo tipo de asuntos. Me refiero a fuentes cualificadas. Tengo fe en ellas, sí, pero una fe racional, lógica, reflexiva y, sobre todo, flexible y deseosa de avanzar o retroceder.
La fe irracional, sin embargo, se nutre de fuentes menos confiables (o incluso de escasas fuentes, como libros antiguos o sagrados), y peor aún: de las experiencias concretas de uno mismo o de la gente que le rodea. Es decir: como yo nunca me he muerto al comer matarratas y ninguno de mis amigos lo ha hecho, doy por sentado que el matarratas no es malo para la salud. Y en ese punto me quedo. El resto de mi vida. Como mucho escucharé lo que tiene que decir Belén Esteban al respecto (perdón por el sarcasmo).
¿Entonces hay que combatir las pseudociencias y, sobre todo, la fe irracional? Hay que hacerlo. Pero con una advertencia. Podemos anular determinadas pseudociencias, y hay que frenarlas para evitar determinados efectos perniciosos inmediatos. Y también podemos acabar convenciendo a alguien de que su fe irracional en algún caso particular es errónea. Pero difícilmente conseguiremos erradicar una u otra cosa. Al menos no en poco tiempo. Al menos no de la forma en la que lo hacemos muchos.
Como dije, nuestro cerebro está diseñado para la fe irracional, y por esa razón, las pseudociencias proliferan a sus anchas. En cuanto cortemos la cabeza a una, nacerán otras dos, más complejas o más difíciles de combatir. Las primeras son Papá Noel o los Reyes Magos. Luego vienen los horóscopos o la bola de cristal. Ésas son fáciles. Pero ¿y la homeopatía, la acupuntura o creacionismo? ¿Y el diseño inteligente o los extraterrestres?
Ésas son más difíciles de combatir porque son mucho más complejas, más inteligentes, más intrincadas y, sobre todo, mucho más maduras y apoyadas por determinadas voces reputadas (al menos en lo que se refiere en el ámbito mediático), que las abrillantan con terminología científica reciente. Es decir, requieren de críticos con mayores conocimientos, como Sokal y Bricmont, en su libro Imposturas intelectuales.
Así pues, el problema parece ser de base. Cuanto más culta y científica sea una sociedad, más sutiles y aparentemente científicas serán sus pseudociencias. Y también más difíciles serán de combatir. Pero el premio gordo, el premio que nos convertirá en una sociedad más madura y responsable, consiste en erradicar la tendencia del cerebro al pensamiento mágico, a la fe irracional, a creerlo todo sin pasarlo por un tamiz más selecto que el que la Naturaleza nos ha dispuesto de serie. El premio gordo es romper el hechizo, como diría Daniel Dennett.
Y ello sólo se consigue practicando el escepticismo con disciplina. Nadie nace escéptico (salvo alguna mutación extraña, que quizá la haya). Y sólo una minoría se convierte en escéptico en la edad adulta (vivimos en un mundo donde no se favorece el escepticismo, ni siquiera en el ámbito académico). Así pues, ser escéptico es una actividad contra natura y contra la tendencia social vigente que debe ejercerse durante mucho tiempo para que prospere en nuestra manera de pensar e interpretar el mundo.
De este modo, llamando ignorante, inculto, mago de pacotilla, magufo o gilipollas a alguien que se deje llevar por la fe irracional, no conseguiremos mucho. Es como insultar a alguien por llevar a cabo algo tan natural como respirar. ¿Conocéis a alguien que se haya vuelto escéptico porque hayan ridiculizado sus creencias? ¿Alguno de vosotros se hizo escéptico cuando alguien le llamó iluso?
Yo recuerdo cuando se fundamentó con mayor fuerza mi escepticismo: tras la lectura de El mundo y sus demonios, de Carl Sagan. Un libro superficial, para todos los públicos; pero sobre todo amable, persuasivo, respetuoso. Estoy convencido de que Sagan hizo ver la luz a más de uno gracias a ese tono comprensivo y en modo alguno altanero.
Las pseudociencias, en esencia, son ciencias que se consideran como tal sin pasar los suficientes controles de calidad: sus pruebas son escasas o deficitarias y no se contrastan lo suficiente, se basan mayormente en testimonios y fundan su eficacia en el simple hecho de que parecen funcionar en un número elevado de personas (o un número elevado de personas creen en su funcionamiento).
Un ejemplo paradigmático podría ser la acupuntura.
No existen demasiadas pruebas sobre su eficacia, y las más importantes han resultado ser placebo (para constatar que funciona realmente un medicamento, por ejemplo, se deben superar pruebas de doble ciego: ni el paciente ni el médico deben saber si están usando el medicamento, así no hay peligro de sugestión; algo que no ha sucedido de manera clara con la acupuntura). Tienen muchos testimonios favorables (e incluso el apoyo de algunas universidades y médicos). Parece funcionar en un número elevado de personas. Y, por último, no acostumbra a avanzar demasiado ni a manifestar errores que deben ser enmendados con nuevos hallazgos.
La ciencia, sin embargo, no da por válida una afirmación hasta que no se detallan las concatenaciones que la producen (sobre todo si es una afirmación que contradice muchas de las cosas que hemos constatado científicamente). Y, aún así, está dispuesta a renunciar a ella en cuanto alguien descubra un error o alguna prueba nueva.
De este modo, las pseudociencias serían algo así como el hermano pequeño y primitivo de las ciencias. Entonces ¿por qué existen? Es más: ¿por qué proliferan hoy en día?
Básicamente porque nuestros cerebros están diseñados para ello. Razonamos de una forma similar a los creadores de los cultos Cargo. Nuestro cerebro no sólo está preparado para la fe, sino, sobre todo, para la fe irracional. Por ejemplo, a la hora de confiar en el testimonio de una persona. Y más si ello lo afirma un grupo numeroso de personas. Nuestro cerebro no concibe que otros cerebros puedan malinterpretar los datos o dejarse llevar por errores o prejuicios. No lo concibe porque eso sería aceptar, tácitamente, que el nuestro también lo hace: y a nadie le gusta pensar que su cerebro es un órgano que capta la realidad de una forma tan fragmentaria.
Esto se pone de manifiesto en los tribunales de justicia. Todos hemos visto películas en los que los testimonios declaran una u otra cosa dependiendo de diversos factores que poco tienen que ver con lo que han visto realmente. Mi primo Vinny es una de mis favoritas. Doce hombres sin piedad es la más icónica. En los juicios, el testimonio ocular de una persona vale poco si no está probado (al menos en los juicios más ecuánimes), porque entonces podría suceder lo que ya pasaba con la Inquisición: el arbitrio camparía a sus anchas. ¿Dices que ella es una bruja? Pues a por ella.
En nuestra vida diaria, nos conducimos suponiendo que nuestra información sensorial son ?datos en bruto? y que seremos capaces de evaluarlos de forma objetiva y ecuánime. Pero uno de los mayores logros intelectuales de la humanidad fue asumir que esto no es así. Que nuestros sentidos no son informadores fidedignos e independientes, que nuestra percepción no está diseñada para darnos una imagen ?exacta? del mundo exterior. A base de parches evolutivos, nuestros sentidos están concebidos para detectar e incluso exagerar determinados aspectos y rasgos característicos del mundo sensorial e ignorar otros.
Por esa razón vale poco que yo vea a un duende en el bosque, o un fantasma en casa, o incluso esté convencidísimo que un curandero me sanó determinada enfermedad con una simple imposición de manos. Y por esa razón se creó una especie de juez implacable, exigente y escrutador que no puede dar por válida ninguna de esas afirmaciones hasta que se demuestre cómo se han producido.
Los individuos con tendencia al pensamiento mágico o la superchería (por otro lado, todos los personajes protagonistas de las películas y la mayor parte de la literatura universal), jamás empezarían a explicar su experiencia por algo así: no sé lo que ha pasado, así que voy a investigar qué ha podido producirlo a partir de las suposiciones más plausibles e integradas en lo que ya conocemos hasta llegar, progresivamente, a las más aventuradas y fantásticas.
Como casi todos tendemos al pensamiento mágico, el método científico tuvo que armarse para pararnos los pies y ayudarnos a entender lo que sólo creíamos entender. Las pseudociencias, por el contrario, prefieren afirmar un supuesto endeble, y luego la ciencia ya lo confirmará o no dentro de años o siglos (y si además han tenido la suerte de acertar por casualidad, no dudéis que sus defensores afirmarán: ¿lo véis?)
Así pues, las pseudociencias son un retroceso en el campo del conocimiento y el saber. Pero las personas que se dejan llevar por la fe irracional son aún más peligrosas. Cuando ataco con fiereza la acupuntura, en realidad no estoy atacando sólo a la acupuntura: vale, sí, se basa en un supuesto falso, no hay pruebas suficientes, etc? pero la ciencia podría andar errada y algún día demostrarse que realmente la acupuntura funciona de algún modo que todavía ignoramos.
Cuando ataco la acupuntura, en realidad estoy atacando la falta de pensamiento lúcido y cautela mínima de los que la defienden. Defender algo que no está probado es una manifestación tan exagerada de la soberbia que sólo puede ser reprobada con fiereza. La acupuntura podría funcionar, pero ¿quién eres tú para defenderla? ¿En base a qué? ¿De dónde proviene tu conocimiento extraordinario que ignora la mayor parte de la comunidad científica? ¿Has hecho pruebas de doble ciego en secreto y no has querido revelarlas? ¿Acaso de basas en tradiciones que ignoraban el método científico? ¿Dónde está tu cautela, tu humildad, tu mínimo sentido de la responsabilidad? ¿Cómo osas pedir respeto por tamaña muestra de irrespetuosidad metodológica?
Si el defensor de la acupuntura simplemente avala su eficacia porque existen algunos experimentos circunstanciales que sugieren que podría funcionar, entonces el defensor de la acupuntura está siendo muy poco cuidadoso, y sobre todo se está dejando llevar por lo que le gustaría que fuera verdad, no por lo que es verdad.
Otra cosa sería afirmar, oye, pues mira, quizá la acupuntura, aunque se base en un supuesto falso y no haya pruebas concluyentes sobre su eficacia, pues eso, quizá se descubra que puede funcionar. Pero yo no lo sé. Y menos aún la aplico a mis pacientes. Y mucho menos imparto clases de acupuntura en una academia o universidad.
¿Puede haber alguna relación entre el mal olfato y un pene de dimensiones por debajo de la media?
Para responder a esta pregunta habría que remontarse a 1856, cuando Aureliano Maestre de San Juan, un médico español, realizó la autopsia a un hombre de 40 años que no tenía sentido del olfato (carecía de bulbos olfatorios) y presentaba un pene y unos testículos diminutos.
Años después, en 1944, el psicólogo Franz Kallmann describió el síndrome de gónadas pequeñas y ausencia de olfato como un trastorno genético raro.
Tras arduas investigaciones se ha hallado uno de los tres genes que intervienen en este síndrome: el llamado KAL-1. Este gen se activa aproximadamente 5 semanas después de la concepción, pero no en la nariz ni en las gónadas, sino en la parte del cerebro embrionario que se convertirá en el bulbo olfatorio.
Una explicación más técnica la ofrece Matt Ridley:
Produce una proteína llamada anosmina que actúa como adhesivo celular, es decir, hae que las células se peguen unas a otras. En cierto modo, la anosmina tiene un efecto espectacular sobre los conos de crecimiento de los axones olfativos que migran en dirección al bulbo olfativo. A medida que estos conos de crecimiento llegan al cerebro en la sexta semana de vida, la presencia de anosmina les hace expandirse y ?deshascicularse?, o descarrilar. (?) En las personas que no posee una copia funcional del KAL-1, y por ende tampoco anosmina, los axones nunca conectan con el bulbo olfatorio. Al sentir que están de más, se contraen.
Bien, hasta aquí entendemos que esta clase de personas no tengan sentido del olfato, pero ¿qué hay de su pene pequeño?
Sorprendentemente, parece que las células necesarias para desencadenar el desarrollo sexual nacen también en la nariz, en un antiguo receptor evolutivo de feromona llamado órgano vomeronasal. (?) En ausencia de anosmina, nunca alcanzan su objetivo y nunca inician su principal función: la secreción de una hormona llamada liberadora de gonadotrofinas. Sin esta hormona, la glándula pituitaria nunca recibe la instrucción de empezar a liberar la hormona luteinizante a la sangre; y sin hormona luteinizante las gónadas nunca madurarán, los niveles de testosterona en el hombre son bajos y por consiguiente su libido es baja; permanece sexualmente indiferente a las mujeres incluso después de la pubertad.
Así pues, aunque no hay una correspondencia uno a uno entre genes y conducta, el KAL-1 es uno de los genes que codifica una parte de la conducta sexual.
Y ¿entonces? ¿Debemos volver todos a la vida primitiva? Demasiado tarde. No nos queda otra que seguir adelante, tanto los exencionalistas y ambientalistas, en busca de un aumento de recursos y calidad de vida para el mayor número de personas posible (dado el crecimiento demográfico descuidado), y hacerlo con la mínima dependencia protésica.
Uno de los objetivos ambientales prioritarios deberá ser, inevitablemente, el reducir la huella ecológica a un nivel que pueda ser sostenible por el frágil ambiente de la Tierra.
Gran parte de la tecnología que se precisa para alcanzar esta finalidad puede resumirse en dos objetivos. La descarbonización en el paso desde quemar carbón, petróleo y leña a fuentes de energía esencialmente ilimitadas, respetuosas con el ambiente, como las células de combustible, la fusión nuclear y la energía solar y eólica. La desmaterialización, el segundo concepto, es la reducción en volumen del equipo físico informático y de la energía que consume. Todos los microchips del mundo, para poner el ejemplo contemporáneo más estimulante, pueden caber en la sala que albergaba el ordenador electromagnético Harvard Mark 1 en el alba de la revolución informática.
A modo de corolario, pues, podemos afirmar que la visión exencionalista (la que poseen muchos economistas profesionales, por ejemplo) plantea modelos de supervivencia que ignoran en gran parte el comportamiento humano tal y como lo entienden la psicología y la biología contemporáneas.
Tal vez tengan razón, y los seres humanos que nacerán después de nosotros serán capaces de vivir en mundos tan abstractos como los que ellos describen. Sin embargo, la biología cada vez deja más patente que somos animales, que aún conservamos muchas trazas de nuestras época de las cavernas, y que irnos demasiado lejos de ellas sencillamente sería demasiado traumático para nosotros (por ejemplo, los sentimientos, el coco de muchos exencionalistas, cada vez se revelan como más fundamentales para la salud mental y física del ser humano: la razón pura es imposible, y negativa, en un soporte biológico como el que poseemos).
Así pues, tal vez aspirar a ser morlocks nos queda demasiado grande para lo que, en esencia, somos. Ser simplemente elois, también podría perjudicar otra de nuestros instintos más fundamentales: la búsqueda, el conocimiento, la curiosidad, alcanzar lo inalcanzable.
Cuando era más joven aspiraba a ser morlock. Ahora no aspiro a ser elois, sino a ser un eloi que se permite tener pequeños momentos morlock. De momento, ahí es donde he encontrado mi equilibro, y creo que es el equilibro que también sería necesario en el ser humano como colectivo. Quizás me equivoque, y quizás en unos años volveré a desplazarme a uno u otro lado del espectro.
Así que ahí abajo están los comentarios para que digáis la vuestra.